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domingo, 4 de mayo de 2014

Trinidad y Bernardo



     Estos señores de la fotografía eran mis bisabuelos paternos. Tuvieron tres hijas, una de ellas mi abuela. Las otras dos, tías de mi padre, murieron sin hijos. Soltera y practicamente virgen la una y viuda la otra. Se llamaban Nina y María. Las dos desarrollaron un exacerbado gusto por la verborrea sin sentido cuando se les daba pie -o sin dárselo,que era casi siempre- y además, la segunda añadió una diletante y tardía vocación historiográfica respecto de su apellido, Saro, hasta que, según ella,  consiguió documentar que un antepasado suyo había fundado una pequeña villa del Valle de Santamaría de Cayón (Santander) llamada Sarón. Lo cual la hizo especialmente prepotente y pesada cuando se lo contaba a cualquiera; por ejemplo a mi primo. Las tres hermanas vivían juntas en la misma casona cántabra situada en una pedanía de Sarón, mi abuela en la planta de abajo y sus hermanas en la planta de arriba.

Cuando mi padre nos llevaba en verano a ver a mis abuelos había que cumplir con el rito de subir a la planta de arriba y saludar a las tías que, expectantes, esperaban tener a quién aturdir. El único que no subía era mi padre, detalle del que me percaté más tarde cuando tuve edad para ello. El caso es que, después del óbito de estas dos señoras, mi padre, que era el mayor de los sobrinos (los hijos de mi abuela) se hizo cargo de la gestión de las dos herencias, o al menos así se lo hicieron creer y durante muchos años hizo viajes con un maletín de oficina, intentando ordenar los papeles y poner de acuerdo a sus hermanos, cuñados y sobrinos. Se murió sin conseguirlo. Entonces empecé a viajar yo con la misma intención y el mismo maletín, al que fui añadiendo algunos documentos que iba encontrando aquí y allá, que evidenciaban que la estulticia de las causantes junto con algo de codicia -lo que llamo el efecto pasiego- por la cercanía de los parientes del norte con las fallecidas y cierto encono familiar por ello,  impedían la resolución de ambas herencias. Después de algunos viajes el problema principal, el proindiviso de las siete fincas que consituían la herencia, se resolvió y a medias con mi hermana me quedé con un prado, que seguía a nombre de mi bisabuela, Trinidad Alonso Muriedas y que es lo que más me costó poner al día. La parte de la casona cántabra donde vivían estas señoras resultó que ya se la habían donado, antes de morirse, a un primo mío, el que escuchaba con atención, las veces que hiciera falta, la historia de la fundación de Sarón poniendo cara de estar realmente interesado. La otra parte, donde vivía mi abuela, se sorteó y casualmente le tocó a la madre del mismo primo que vengo citando, haciéndose éste feliz y finalmente con toda la casona. También ha heredado la prepotencia y pesadez de las tías abuelas. Acabada mi gestión tengo una sensación agridulce que espero que el tiempo transforme directamente en indiferencia. Fin de la historia.  

1 comentario:

  1. La Historia, aunque ya la conocía, me ha gustado leerla, le has dado un toque muy tuyo y resulta interesante, aunque a tí te tenga hasta los huevos. La foto de tus bisabuelos es genial, digna de conservarse.

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